LA ENCAMISADA

http://laencamisadadejordi.blogspot.com.es/ LA ENCAMISADA..."PASA REVISTA A LA HISTORIA".

lunes, 11 de junio de 2018

"EN DEFENSA DEL CID CAMPEADOR" (ESPECIAL).




Está claro que D. RODRIGO DÍAZ DE VIVAR, ha sido reenganchado de forma obligada como adalid para la defensa de su buen nombre. El túmulo donde descansan sus huesos es expoliado en la actualidad al igual que lo hicieran los soldados de la Grande Armée en su enterramiento de San Pedro de Cardeña, para regocijo de los intérpretes modernos de la historia, tan abnegados y desprendidos en su cometido, como malintencionados en sus resultados.        
Nuevamente el caballero castellano es enviado al destierro víctima de la traición de algunos de sus herederos, obligándolo a exponer su inerte cuerpo sobre la montura de su también finado caballo.  Pero esta vez no serán los temibles guerreros Almohades a los que tendrá que acometer con su póstuma Algarada, si no a la torna-fulle de algunos torticeros comunicadores que con la intención de desmontar el imaginario patrio, al que acusan de Franquista, descomponen la historia pretendiendo extraer los desechos y esparcirlos al voleo. Estas circunstancias, que podríamos llamar historiográficas, para los verdaderos profesionales de la cosa no suponen un ataque al personaje ni a los hechos, si no más bien los enriquecen y amplían, considerando que los eruditos de la cronología no albergan ninguna intención más que la propiamente pedagógica. Por el contrario, los inquisidores de la memoria histórica, tras desechar la parte de la historia que jamás les ha interesado, extraen aquella que más les atrae para ser convenientemente inoculada en las mentes de la desprevenida concurrencia. Sin ningún criterio mas que la exhibición de una pretendida modernidad, evidencian sucesos o episodios que resultan singulares por desconocidos al gran público, entreverando la leyenda con la metódica historia, consiguiendo finalmente desfigurar al personaje hasta acomodarlo a los gustos de su público.
Pocas naciones poseen en su historia una figura tan poderosa y atrayente como lo es la del CID CAMPEADOR, un personaje popular gracias al “Cantar de Mio Cid”, un cantar de gesta de autor anónimo considerado la primera obra poética extensa de la literatura española. En dicha Trova de 3735 versos se cuenta las hazañas épicas de un Caballero Castellano del siglo XI, ejemplo y modelo del caballero medieval y de las virtudes propias de la época.
Basado en hechos reales constatables en algunos casos, sus versos mezclan éstos con exaltaciones propias de la lírica popular que lo enriquecen en su faceta poética a través de la epopeya. Pero estas circunstancias no pueden ser utilizadas contra un personaje que tantas virtudes aporta a la sociedad. Bajo la proyección de su espectro se agrupan las mejores excelencias que cualquier país, institución o grupo pudieran pretender. En una sociedad en la que cada vez son menos los referentes, intentar aniquilar a los pocos que nos quedan, además de mezquino resulta pretencioso y gratuito. Las sociedades se cohesionan por múltiples factores y uno de ellos es la historia común, la cual crea inevitablemente estos personajes.
El Poema describe en sus páginas algunos hechos que los historiadores con el paso del tiempo han ido suponiendo o demostrando como aderezo a la verdadera existencia del mito. Las circunstancias a las que me refiero en anteriores párrafos, no son más que acontecimientos poco conocidos o desvirtuados del propio contexto temporal en el que se produjeron, y que sorprenden o incomodan a los oyentes por resultar ignotos o contrarios a la imagen que del Poema se les ha proyectado. Me explicaré, por temor a no ser entendido yo mismo.
Una de las circunstancias más utilizadas en los contenidos de algunas de las recientes publicaciones de los medios de difusión, es la utilización de conceptos actuales como arma arrojadiza para calificar el proceder del personaje, así muchas personas lo acusan de ser un MERCENARIO.


¿Puede decirse que el CID era un Mercenario?. En mi modesta opinión no.
Si bien el término es usado desde la antigüedad, la utilización que hoy se hace de él para referirse a nuestro personaje resulta inadecuado por lo demoledor que resulta para su fama, pues es una alocución que denota una ausencia de valores morales colosal, dejando al sujeto desnudo de ideales y bajo el yugo de un único señor, el dinero. Pero si contemplamos el término desde la perspectiva de la época en que se produce observamos que nada tiene que ver con la imagen actual.
En el medievo la guerra resultaba algo cotidiano, es más, era percibida como una actividad preclara y necesaria que acrecentaba las virtudes de sus implicados, muy alejada de la imagen que de ella tenemos hoy en día. Se preparaba a los jóvenes nobles desde muy temprana edad, y su ejercicio constituía un privilegio que se reservaba en gran parte a los estamentos más altos de la sociedad.  Entonces, si partimos desde esta nueva perspectiva, la participación en el oficio de las armas conformaba en sí mismo un privilegio en el que la instrucción además de por las armas, pasaba por la inculcación de los valores propios que garantizaran la lealtad postrera del caballero. En una época en la que no existen ejércitos tal y como los conocemos hoy; los diferentes señores se aseguraban la lealtad de los hombres de armas -agrupados en mesnadas- a cuenta de ciertos privilegios, títulos, territorios o como partícipes de las riquezas obtenidas en las contiendas, pero su lealtad venía afianzada mediante la estimulación de los vínculos tradicionales como son los lazos de sangre, el linaje, la procedencia, los fuertes nexos religiosos o el revestimiento de honorabilidad del sujeto, que al fin y al cabo resultaban determinantes en sus comportamientos.
En el mismo contexto, es decir, teniendo en cuenta las costumbres, modos y circunstancias de la época en la que se produce la epopeya Cidiana, la geopolítica en la Península Ibérica obligaba casi inexcusadamente­­­­­­­­­­­­­­­­­­ al encuentro entre los diferentes reinos, ya fuesen cristianos o musulmanes. La ineludible coexistencia entre ellos inevitablemente alimentaba la creación de pactos y alianzas, pero también la de conflictos y disensiones. Era frecuente que reinos cristianos acudieran en auxilio de otros musulmanes con ocasión de intereses compartidos, un ejemplo sería la Batalla de Graus – cerca de Huesca- en 1063, donde las tropas Castellanas acudieron en auxilio del rey Moro de Zaragoza, en aquella época protegido del monarca Castellano. Esta batalla probablemente fue el bautismo de fuego del joven Campeador y su participación un lance más dentro de la trama de la Reconquista.


El devenir de los acontecimientos obligaría a Rodrigo como a otros tantos caballeros, a buscar los servicios de otro señor tras haber perdido la confianza de su rey Alfonso. Las causas del destierro y la caída en desgracia de un soldado de las características del CID son diversas. Una de ellas, sería la desconfianza del monarca Castellano por los hechos acontecidos después de la encomienda de Rodrigo para recaudar las parias de Sevilla en 1.079. Los sucesos posteriores sobrevenidos como consecuencia de estos hechos, y sobre todo el apresamiento del noble castellano García Ordóñez, generarían instantáneamente una corriente de desprestigio hacia la figura del CID entre los círculos cortesanos, que lo acusaban de ­­actuar de espaldas al rey. La comprensible arrogancia que pudiera exhibir Rodrigo, debe ser tomada como fruto inevitablemente de sus éxitos, de las irrefrenables ansias de victoria, de la juventud, y cómo no, resultado de una fuerte personalidad. Ya se sabe que el éxito viene casi siempre acompañado de la envidia, y el CID desde sus inicios fue víctima directa de ésta, la animosidad hacia su figura le acompañará para siempre tanto como sus triunfos.
Pero no serían únicamente los celos los causantes de su proceloso devenir como batallador, las razones Políticas serían concluyentes y Rodrigo uno de sus actores principales. Sus actuaciones, aunque ceñidas a la lógica de su cometido, con frecuencia se tornaban contrarias a los intereses de la corona y quedaban trabadas ­­­­­­­­­­­­­por incontroladas intrigas.
Entonces si tenemos en cuenta las circunstancias descritas anteriormente, y las situamos en el escenario correcto en el que se producen, el calificativo de Mercenario se muestra desprovisto de toda oportunidad y los hechos objetivos desechan por antagónicos los términos que avalan sus atributos. Me refiero a que las actuaciones de nuestro personaje muy lejos de verse fundamentadas por un solo objetivo pecuniario, se consolidan en su conjunto por la demostración constante y acreditada de las virtudes derivadas de las vinculaciones que antes se han expuesto, verdaderas fuentes desde donde mana su comportamiento; transfigurando los hechos que nos resultan más paradójicos en meros sucesos provocados por la coyuntura propia de su tiempo.
 Lo que verdaderamente desvirtúa su imagen, es la amplificación de una parte de los acontecimientos en detrimento de otros, con la dirigida intención de desacreditar al célebre caballero en pos de una fingida modernidad. Esta corriente renovada pudiera enmarcarse dentro de la vetusta “Leyenda Negra” pues persigue los mismos fines, si bien la procedencia de sus propagadores es diferente. Los ideólogos actuales lejos de pertenecer a otras naciones como lo fue en la antigüedad, habitan entre nosotros.
Todas estas mixtificaciones parten de la ignorancia histórica del personaje, y no me refiero a la ignorancia popular, sino a la más instruida. De Rodrigo se conocen muchas facetas gracias al estudio meticuloso de su vida, pero se desconocen muchas otras que contaminadas por la leyenda resisten a ser descubiertas. Lo cierto es que hay hechos que aunque no demostrables –tengamos en cuenta que la Historia es una ciencia– suponen una paradoja; lo es por ejemplo el incidente narrado en un Romance Medieval y conocido como “La Jura de Santa Gadea”, donde el CID para disipar las sospechas de la participación del rey Alfonso VI en la muerte de su hermano Sancho II, obliga al monarca a abjurar públicamente de ello. Por el contrario otras que se demostraban imposibles de haber acontecido, en recientes estudios se han revelado como totalmente verídicas, me refiero a la batalla de Alcocer. Autores muy reconocidos habían pensado que jamás esta batalla se había producido, pero recientemente saltaba a la luz que estudios arqueológicos realizados en una excavación de Áteca (Zaragoza) habían encontrado restos de material Taifal Hispano-Musulmán del Siglo XI. Estos ejemplos son solamente una muestra diminuta de la diversidad de factores que pueden llegar a alterar la percepción que tenemos sobre el mito, intentar flanquear la figura de un personaje tan amplio a base de cercenar porciones que suponemos como irrefutables, no hacen más que disolver aún más en el contrahecho pasado la efigie de tal insigne referente.
¿Acaso la argumentación de la inexistencia de la mayor batalla en la que  participó nuestro héroe, lo despojaría de su empaque?. ¿Quizá la incertidumbre en los nombres y número de sus vástagos lo privaría de su fama? O la severidad en la ejecución del necesario cometido de “cobrador de impuestos”, ¿afearía su notabilidad?. Tristemente para los trileros del embrollo sí.
La remozada tendencia a deformar la figura del CID, ha llevado a sus artífices hasta extremos que podríamos llamar esperpénticos. Así en la serie “El Ministerio del Tiempo” de Tve1 –de la que soy verdadero admirador– en el capítulo dedicado al CID, podemos ver como en un esfuerzo por desmitificar al personaje y sin ninguna justificación lo trasforman en un maltratador con marcados rasgos machistas, es decir, utilizan la percepción actual de una conducta execrable para censurar su figura. Como remedio, se sustituye al primitivo caballero por otro más contemporáneo revestido de las cualidades más modernas. En este caso la trama urdida no justifica por innecesarios tales comportamientos y tampoco estos elementos complementan la producción artística.



También la aparición de libros como “La Nación Inventada” obra de Ignacio y Arsenio Escolar, van dirigidos en esa dirección. En él, sus autores secuestran la figura del CID para posteriormente liberarla transfigurada y despojada de su esencia, claro está,  tras el pago del rescate que supone la asimilación de sus criterios. 

Por supuesto, la libertad de producción cultural y artística merece todo mi respeto, quiero decir que la libertad del creador deber ser ponderada sobre todo si la utilización del personaje es ofrecida a la creación poética, novelesca, teatral o fílmica, ya que estos géneros intencionadamente moldean la figura como medio natural de alcanzar los fines propios de estas materias. Así en la poesía –como es el caso del Poema de Mío Cid– la distorsión del personaje lo lleva a su enaltecimiento por la épica; en la novela, el teatro o el cine, el autor con toda probabilidad, lo llevará a su gusto por derroteros y circunstancias inverosímiles para crear una visión artificiosa de la persona. Todas estas deformaciones aplicadas al de Vivar, lejos de adulterarlo lo profundizan sin confundir al espectador, que sabe de antemano en el medio en el que se mueve el personaje. No ocurre esto en la producción histórica donde el autor posee muy poco espacio para ­­­­ maniobrar, y debe ceñirse lo más posible a los hechos y acontecimientos, de los que puede opinar y por supuesto interpretar. Y ahí es donde se centran los perversos esfuerzos de nuestros pedagogos, la interpretación de los acontecimientos seleccionados se convierten en sus verdaderas armas y con ellas acometen a nuestro héroe sin ningún temor a ser acusados de falsear la verdad.
La intención de este pequeño artículo, sin voluntad de arremeter contra nadie, me lleva a ejercer como abogado defensor de uno de los símbolos más significativos de nuestra nación, verdadero capital que debemos conservar y legar a las generaciones futuras mediante la divulgación de sus atributos culturales. Tan amplio es el espectro Cidiano que podemos encontrarlo alimentando profusamente multitud de creaciones artísticas, eventos musicales, teatrales, de recreación o de simple ocio como lo son sus rutas culturales.



Así que en vista de los hechos y circunstancias expuestas no me queda más que pedir la absolución del “que en buena hora ciñó espada”.



“Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.
Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
“¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!”

GALERÍA

Estatua de Burgos


Estatua de El Cid de Mecerreyes (Burgos)

Texto, fotografías e ilustraciones realizadas por:

Jorge J. Hervás Gómez Calcerrada.