No mucho
tiempo ha pasado desde mi primera encamisada, de la cual
hoy todavía curo mis heridas. Convaleciente aún, pero con las ganas que la
inexperiencia procura, aguardo la próxima con la misma inquietud, pero con la
serenidad que la experiencia proporciona, pues habiendo sentido el frío del
acero en mi piel, resulta menos pesaroso encaminarse a su encuentro.
Cada día que pasa, se abren más y más frentes en la campaña en la
que me hallo, siendo difícil distinguir cual será la más honrosa, o cual me
procurará más lauros. Entonces como buen Rodelero, sigo las
ordenes que mi ímpetu me dicta, dejando atrás las aspiraciones que un día me
hicieron enrolarme al sonido de la caja.
Mi destino hoy se encamina hacia un gran hecho poco conocido, - la
historia se encuentra llena de ellos -, pero a causa de la memoria intencionada
de los países, o mejor dicho de sus gobernantes, quedan difusos u ocultos entre
otros muchos de una inusitada importancia, haciendo de ellos una verdad
imperecedera.
Creo que es hora de comenzar, para ello nos subiremos a la línea
del tiempo que va desde el 1585 hasta 1604, periodo en que el Imperio Español
se encontraba en constante guerra con Inglaterra, el Imperio Otomano, Francia,
las provincias rebeldes de Flandes, y como no, la incesante salvaguarda
de sus provincias de ultramar.
Ya situados en ese lugar, todo comienza a oler a madera, acero y
cuero, por cuanto como digo, era una época de guerra, sitios, batallas y tomas.
Batallas que se libraban en tierra firme, pero que también se libraban en
el mar y en mayor medida - creo yo- se libraron en escritos, textos, libros y
soflamas inteligentemente dirigidas a confundir y cambiar la realidad de los
hechos, consiguiéndolo en ocasiones.
La más conocida fue la mal llamada DERROTA DE LA ARMADA INVENCIBLE en 1588, calificada así por
los ingleses para aumentar más conscientemente las proporciones de la derrota
infligida a las naves hispánicas, ya que la armada fue inicialmente bautizada
por su patrocinador Felipe II como la GRANDE Y FELICÍSIMA ARMADA. Debió ser
que la Grande, se les quedó Pequeña...en fin,
esa es otra guerra.
Pero no, no voy a hablar de la Felicísima
Armada como a mí y
a Felipe II nos gusta llamarla...sino como dije antes, de un hecho menos
conocido.
Diferentes historiadores británicos, han afirmado - no sin cierto
alarde - que desde
la invasión Normanda en 1066, ninguna otra tropa o fuerza extranjera había
podido desembarcar en sus islas. Bien, sabemos que esto nunca lo
consiguieron otros países o coaliciones, con una excepción, ESPAÑA.
Año 1595.
Sí, así es, Inglaterra fue invadida. Sus costas fueron tomadas por
un puñado de soldados españoles, robados sus cañones, saqueadas y
quemadas varias ciudades. Pero todo esto ocurrió como les cuento a
continuación.
Tras la llegada al trono de Francia del protestante Enrique III de
Navarra, ni el Papa ni el Rey de España le reconocieron como Rey de Francia,
por lo que Felipe II mandó tropas al país Galo. Inglaterra como enemigo natural
de España y protestante, apoyó al monarca sobrevenido mandando también tropas.
Fue entonces donde comienza la historia que les voy a contar...
Una vez más los intereses de estas dos naciones se enfrentaban, y
como reacción, nuestro rey ordenó a Juan de Águila, organizar una operación de
castigo contra Inglaterra.
Juan de Águila no era cualquier persona, o pudiera decirse que en
el contexto de esa época sí lo era, puesto que hablamos de un tiempo de hombres
de fortuna, honor y valentía, y cierto es que en España también eso abundaba y
mucho. Para describirlo, solo citaré las palabras con las que fue presentado a
Felipe II "
Señor, conozca Vuestra Majestad a un hombre que nació sin miedo". Dicho
y retratado queda.
El "hombre
sin miedo", encomendó organizar la expedición a Amésquita, el cual reunió
tres Compañías de Arcabuceros - que no serían mas de unos 400 hombres- y con
cuatro Galeras (Patrona, Peregrina, Capitana y Bazana), el 26 de Julio
partieron desde Blavet rumbo a Inglaterra, nada más y nada menos. Podemos
imaginar a ese puñado de hombres navegando rumbo a Inglaterra, con la orden
expresa de tomar sus playas, campos, ciudades y bosques, ah, y enfrentados a los elementos que siempre les fueron hostiles.
Antes de llegar a su destino, fondearon en Penmarch con la
finalidad de aprovisionarse. Ya quedaba poco, así el 2 de Agosto, sin
hacer ruido desembarcaron en la Bahía de Mounts (Cornualles) al sur de
Inglaterra. Todo esto ocurría ante la mirada atónita y aterrada de las Milicias inglesas, las cuales
mayores en número, al ver fondear a los soldados españoles presas del pánico
huyeron abandonando sus armas. Y es que no les faltaba razón, en esos tiempos
la infantería española era la más temida, siendo muy recurrida ésta frase entre
sus enemigos..."A los españoles por mar los quiero ver, porque si los
vemos por tierra, San Jorge nos proteja".
De esta manera todo quedaba propicio para los
hombres de Amésquita, los cuales en tan solo dos días que anduvieron por esas
inhóspitas tierras, habían tomado y quemado las localidades de Mousehole,
Paul, Newlyn y Penzance. Continuando su
exitosa marcha, desmontando los cañones de varios Fuertes Ingleses, los cuales
fueron convenientemente transportaron hasta sus Galeras. Mientras, se producían
escaramuzas con grupos de ingleses que no fructificaban, gracias a la fuerte
combatibilidad de los soldados españoles, veteranos en tantas y tantas
batallas.
Ya ven mis asombrados lectores lo que sucedió en
esas dos jornadas en tierra "hereje", la tierra que años anteriores
no pudo abordar la mayor armada jamás vista, ahora con solo un puñado de hombres
y cuatro Galeras quedaba ultrajada. Al final de la jornada, en todo un alarde de
simbolismo, se celebró una misa católica, no sin antes jurar regresar a ese
mismo lugar cuando Inglaterra fuera tomada, y construir una Iglesia.
Alcanzados los objetivos encomendados,
embarcaron de nuevo rumbo a España, y una vez en alta mar se deshicieron de los
prisioneros lanzándolos por la borda. Una embarcación Inglesa les
esperaba, con la intención de truncar su huida, y tras un combate breve, ésta
fue deshecha por la artillería española. También el grupo de galeras, en su
regreso tuvo que esquivar una flota de guerra comandada por Francis Drake y
John Hawkins y enfrentarse a una flota Anglo-holandesa compuesta nada
menos que por 46 barcos.
Como ven toda una proeza que únicamente se saldó con 20 bajas,
todas ellas ocasionadas en el enfrentamiento con la flota anglo-holandesa, que
unida a otras victorias dio la hegemonía a España tras el Tratado de Londres de
1604.
Acabada mi segunda encamisada, me retiro
aún portando mis armas y la vida, que no es poco ¡pardiez!.
Por Jorge Hervás Gómez-Calcerrada.
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LA ENCAMISADA..."PASANDO REVISTA A LA HISTORIA". |
Está claro que con estas encamisadas estamos aprendiendo mucho o un poco de nuestra historia, sigue en ese camino, que te seguiremos.
ResponderEliminarMuchas gracias amigo, agradezco enormemente tu comentario.
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